¿Alguna vez te has
encontrado devorando una bolsa de papas fritas, o tostones después de un día estresante en el
trabajo? ¿O quizás te has refugiado en un gran tazón de helado de chocolate
después de una ruptura? Si la respuesta es sí, no estás solo. La forma en que
comemos, a menudo, tiene menos que ver con el hambre física y más con nuestras
emociones. Esta conexión entre la mente y el plato es un fenómeno
fascinante y a menudo subestimado.
El Hambre Emocional vs. El Hambre Física
Para entender esta dinámica,
primero debemos diferenciar entre dos tipos de hambre. El hambre física
es gradual, se manifiesta con señales como un estómago vacío, gruñidos y una
sensación general de debilidad. Es un hambre que puede esperar y se satisface
con cualquier alimento.
El hambre emocional,
por otro lado, es repentina y urgente. A menudo se dispara por emociones
específicas como el estrés, la tristeza, el aburrimiento, la soledad o incluso
la felicidad. Esta hambre tiene antojos muy particulares: la necesidad de
alimentos específicos como dulces, comidas grasas o alimentos de confort. La
satisfacción es temporal y, a menudo, seguida de sentimientos de culpa o
vergüenza. Por ejemplo, una persona estresada podría anhelar una hamburguesa
con papas fritas, mientras que alguien que se siente triste podría buscar una
pizza o una gran porción de pastel.
El Círculo Vicioso de las Emociones y la Comida
Esta relación puede
convertirse en un círculo vicioso. Nos sentimos estresados, lo que nos lleva a
comer para calmarnos. El alivio es momentáneo. Luego, la culpa y el
remordimiento se apoderan de nosotros, lo que a su vez nos lleva a sentirnos
peor y, potencialmente, a recurrir nuevamente a la comida para buscar consuelo.
¿Cómo Reconocer y Romper el Ciclo?
Para tomar el control, es
crucial aprender a reconocer y manejar esta conexión. Aquí te ofrezco algunas
recomendaciones prácticas:
- Practica la
autoconciencia: Antes
de comer, pregúntate: "¿Tengo realmente hambre física?" Tómate
un momento para identificar la emoción que estás sintiendo. ¿Estás
aburrido, estresado, triste? Simplemente nombrar la emoción puede ayudarte
a separar la necesidad real del impulso.
- Busca alternativas: Si la emoción es el
motor, encuentra otras maneras de lidiar con ella que no involucren la
comida. Si estás estresado, sal a caminar, escucha música, o practica la
meditación. Si te sientes solo, llama a un amigo o familiar. Si estás
aburrido, lee un libro o inicia un nuevo pasatiempo.
- Come de forma
consciente:
Cuando comas, hazlo sin distracciones. Presta atención a los sabores, las
texturas y los aromas. Disfruta cada bocado. Esto no solo te ayuda a
saborear mejor la comida, sino que también te permite reconocer las
señales de saciedad de tu cuerpo.
Un Camino Hacia el Bienestar
Entender que nuestras
emociones pueden influir en nuestras elecciones alimentarias es el primer paso
para cultivar una relación más sana y consciente con la comida. No se trata de
prohibir ciertos alimentos o de ser excesivamente estricto, sino de escuchar a
nuestro cuerpo y a nuestra mente. Al romper con la necesidad de usar la comida
como un bálsamo emocional, abrimos la puerta a un bienestar más profundo y
duradero.
La próxima vez que sientas
el impulso de comer algo impulsivamente, tómate un momento para pausar,
respirar y reflexionar. Podrías descubrir que lo que realmente necesitas no es
comida, sino una conexión más profunda contigo mismo. Recuerda que estoy para
ti para guiarte en este proceso.
Con amor y alegría
Nair Dávila Rivas. MSc
Nutricionista. Mentora Transformacional,Terapeuta Holística +584168744484
@nairdavilarivas
Comentarios
Publicar un comentario